soy antonio piniés, Aunque en mi familia me llaman toni
PODRíA deciros…
No llegué al perdón por un camino teórico.
Llegué porque, durante un tiempo, mi vida se quedó bloqueada.
Podría decir que estudié Psicología por interés en el desarrollo humano, que me formé, que trabajé en el mundo de la empresa y que aprendí mucho sobre cómo crecen las personas. Todo eso es verdad.
Pero no explica lo esencial.
Lo verdaderamente decisivo fue descubrir cómo ciertas emociones —la rigidez, el orgullo, los reproches no dichos— pueden cerrar caminos por dentro. No de golpe, sino poco a poco. Y cómo el perdón, cuando llega, no borra el pasado… pero devuelve el movimiento a la vida.
En mi historia personal, el perdón no fue una idea bonita ni una consigna espiritual. Fue una necesidad. Un proceso lento, incómodo a veces, liberador después. Un lugar donde también Dios empezó a tener sentido, no como concepto, sino como presencia.
Crecí en una familia grande, muy grande. Con valores, con respeto, pero sin una práctica religiosa marcada. La fe no formaba parte del día a día. Y, sin embargo, siempre hubo en mí la intuición de que la vida no se sostenía solo sobre lo visible. Era una certeza difusa, más mental que vital.
Todo cambió con la experiencia más sencilla y más radical: la vida naciendo.
Mirar a mis hijos por primera vez abrió un espacio nuevo en mi interior. No hizo falta explicarlo. Algunas verdades no se entienden: se reconocen. La vida es un don. Y cuando uno lo comprende, algo se recoloca para siempre.
Este taller nace de ahí.
No de una teoría, sino de un camino recorrido.
No de alguien que “ya lo ha resuelto todo”, sino de alguien que ha comprobado que el perdón no es un acto puntual, sino una forma nueva de vivir.
Si en algún momento has sentido que algo te frena por dentro, quizá este espacio también sea para ti
¿A QUÉ O A QUIÉN ME ESTABA RESISTIENDO?
Durante más de veinte años he acompañado a personas en sus procesos vitales. Y si algo puedo afirmar con convicción es esto: incluso en medio del dolor, de las pérdidas y de las heridas reales que existen, el ser humano es extraordinario.
He sido testigo de una belleza profunda que se manifiesta una y otra vez: la capacidad de amar, de levantarse, de buscar sentido. Contemplar esa grandeza con tanta frecuencia me fue llevando, casi sin darme cuenta, a intuir algo más hondo. Algo que apuntaba a una dimensión que no se puede fabricar ni controlar. Algo que muchos llaman Dios.
En mi trabajo sentía que mi labor estaba conectada con esa realidad profunda que habita en cada persona. Lo percibía con claridad… y, sin embargo, me resistía a nombrarlo. Prefería pensar que todo dependía de mí, de mi esfuerzo, de mi capacidad de acompañar y ayudar. Con el tiempo, esa tensión interior empezó a pasar factura.
No me sentía del todo en paz. Había una sensación persistente de estar forzando algo, de no querer reconocer una necesidad muy íntima. En el fondo, lo que deseaba era creer de verdad, confiar, dar un paso más allá de la razón… pero mi mente se defendía y ponía límites.
También yo tenía cosas que perdonar. Heridas, decepciones, historias no resueltas. En ese punto de mi camino, una persona clave me ayudó a orientarme cuando cabeza y corazón parecían ir por caminos distintos.
Acompañado con discreción, respeto y buen consejo por el padre Íñigo, fui aprendiendo a acercarme a Dios sin miedo, sin exigencias, sin tener que demostrar nada. No como una huida de la realidad, sino como una forma más verdadera de habitarla.
Aceptar esa presencia en mi vida no fue inmediato ni sencillo. Supuso soltar certezas, bajar defensas y reconocer límites. Pero ese gesto interior abrió un proceso profundamente transformador, no solo para mí, sino también para mi manera de estar con los demás.
Hoy vivo mis vínculos desde un lugar más sereno. Mi forma de estar en casa es más plena, mi mirada hacia mis hijos es más agradecida y más libre. Me siento bendecido por mi esposa, por la familia que hemos formado, por la que me precede y por esa otra familia que se elige y llamamos amigos.
Dar espacio a Dios me ayudó también a mirar con más caridad historias difíciles, a soltar cargas que pesaban demasiado y a vivir con mayor ligereza interior. Sigo aprendiendo a perdonar. Sigo en camino.
Por eso, en el Taller del Perdón quiero compartir algunos aprendizajes que a mí me ayudaron, con la esperanza de que también puedan servir a otros.
Gracias, muchas gracias.
Sed todos y todas muy bienvenidos a este espacio para sanar las heridas y reconstruir las familias a través del perdón.
Testimonio
Juan Rangel
Lo recomiendo a los que quieran estar bien y en paz con los demás.